Maratón Warszawski 48: miedo a correr rápido
Un maratón puede estar marcado por muchos momentos. Algunos suceden durante la carrera, otros aparecen cuando las piernas empiezan a pesar y unos cuantos, quizá los más difíciles de explicar, llegan incluso antes de cruzar la línea de salida.
Mi historia con el Maratón de Varsovia empezó mucho antes del 27 de septiembre de 2026.
Empezó con un objetivo. Una marca que llevaba tiempo rondándome la cabeza y que, después de muchos meses de trabajo, empezaba a parecer posible: 3 horas y 24 minutos.
A mis ojos, era un tiempo increíble. Una de esas marcas que escribes en tu planificación y que, durante mucho tiempo, parecen pertenecer a otra persona. Pero ahí estaba, cada vez más cerca, después de entrenar día a día, semana tras semana, intentando mejorar y convencido de que todo ese trabajo tenía que servir para algo.
Y, sin embargo, cuando llegó el momento de la verdad, aparecieron las dudas.
El miedo a correr rápido
Es curioso. Pasas meses entrenando para correr más rápido y, cuando finalmente tienes la oportunidad de hacerlo, empiezas a tener miedo.
Miedo a salir demasiado rápido. Miedo a no aguantar. Miedo a que las piernas digan basta cuando todavía quedan demasiados kilómetros por delante.
Pero, sobre todo, miedo al dolor.
Porque correr un maratón a un ritmo exigente no consiste solamente en mantener una determinada velocidad. Sabes que, tarde o temprano, llegará ese momento en el que el cuerpo empezará a pedirte explicaciones. Ese momento en el que cada kilómetro se hace un poco más largo y tienes que decidir si sigues confiando en lo que has entrenado o si empiezas a negociar contigo mismo.
Y yo conocía esa sensación.
Después de tantas maratones, uno aprende algunas cosas. Aprende que los kilómetros iniciales pueden engañarte, que sentirse bien no significa que todo vaya a salir como esperas y que el verdadero maratón, muchas veces, empieza cuando ya has recorrido una buena parte del camino.
Lo sabes. Lo has vivido. Y quizá precisamente por eso aparecen los nervios.
Porque ya no eres ese corredor que sale a descubrir qué ocurre cuando llega al kilómetro 30. Ahora sabes lo que puede pasar. Sabes que el esfuerzo tiene un precio y que, cuando buscas una marca personal, ese precio puede ser todavía mayor.
3:24. Un número y muchos meses de trabajo
A veces pienso en lo curioso que resulta poner un número a todo el esfuerzo que hay detrás de una maratón.
Tres horas y veinticuatro minutos.
Parece sencillo cuando lo escribes. Apenas unas cifras en una hoja de entrenamiento. Pero detrás están los días en los que sales a correr sin demasiadas ganas, las sesiones que cuestan más de lo esperado, los entrenamientos que no salen como habías planeado y las semanas en las que tienes que encontrar tiempo para entrenar mientras sigues con tu vida normal.
Nadie ve todo eso cuando mira el resultado final.
Y quizá esa sea una de las razones por las que una marca personal significa tanto para un corredor. No es solamente el tiempo que aparece en el reloj. Es la suma de muchas pequeñas decisiones que has tomado durante meses, incluso cuando nadie estaba mirando.
Por eso, antes de empezar el Maratón de Varsovia, no solo estaba pensando en correr 42,195 kilómetros. También estaba pensando en todo lo que me había llevado hasta allí.
Y entonces llegó la pregunta que probablemente se hace cualquier corredor cuando se encuentra ante un objetivo que le exige dar un paso más:
¿Y si no soy capaz de mantener ese ritmo?
No hay una respuesta fácil. Puedes analizar tus entrenamientos, estudiar tus ritmos y preparar una estrategia. Puedes intentar controlar todos los detalles. Pero, cuando llega el día de la carrera, siempre queda una parte que tienes que descubrir corriendo.
Antes de la salida, la batalla ya había comenzado
El 27 de septiembre, Varsovia volvía a convertirse en el escenario de uno de esos retos que tanto nos gustan a quienes corremos maratones.
Y yo estaba allí, con un objetivo que me hacía ilusión y con unas dudas que no conseguía apartar del todo.
Quizá el problema no era tener miedo. Quizá el problema era pensar que, para intentar conseguir una marca como esa, tenía que salir a correr sin miedo.
Pero ¿quién ha dicho que sea así?
Tal vez la cuestión no sea eliminar las dudas antes de empezar, sino aprender a convivir con ellas. Aceptar que puedes haber entrenado bien y seguir teniendo miedo. Que puedes confiar en tu preparación y, al mismo tiempo, preguntarte si serás capaz de aguantar.
Porque querer mejorar significa, muchas veces, colocarte en una situación que todavía no controlas por completo.
Y eso es precisamente lo que hace que merezca la pena intentarlo.
No sé si alguna vez dejaremos de sentir esos nervios antes de una maratón. Quizá, si desaparecen por completo, también perdamos una parte de lo que hace especial este deporte.
Lo que sí sé es que, después de tantos kilómetros, sigo teniendo objetivos que me ilusionan, marcas que parecen difíciles y carreras que me obligan a enfrentarme a mis propios límites.
Esta vez, el reto tenía un nombre y una cifra: Varsovia, 27 de septiembre de 2026. Tres horas y veinticuatro minutos.
Y, antes incluso de dar el primer paso, ya tenía una batalla que afrontar: la que se libra entre lo que quieres conseguir y el miedo a descubrir hasta dónde puedes llegar.
Porque a veces lo más difícil de una maratón no es correr rápido.
Es atreverte a intentarlo.
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